Lo que quedó atrás
- Laura

- 7 ene
- 6 Min. de lectura
Esta entrada es acerca de las pérdidas.
Sin romantizar. Solo la cruda verdad.
Perder algo duele.
Duele porque se acabó.
Duele porque ya no será.
De sobra hemos hablado de todo lo que perdimos en ese accidente el 17 de abril de 2025.
En primer lugar, la pérdida de la salud, que terminó en la discapacidad de nuestro Oliver. Pero antes de eso tuvimos que enfrentarnos a la inminente pérdida de su vida, a despedirnos de nuestro pequeño. Y para eso no hay palabras que alcancen.
Perdimos la oportunidad de conocer a nuestro hijo en un entorno sin limitaciones.
Él perdió la oportunidad de vivir una infancia “normal”.
Hemos hablado también mucho de lo que significó perder nuestro hogar. Salimos de Königsbronn, de nuestra casa, un 2 de abril, con las maletas listas para un par de semanas de vacaciones en México, dejando la casa limpia y preparada para nuestro regreso cinco semanas después. Recuerdo haber hecho inventario en la alacena y deshacerme de productos perecederos, consciente de que, al volver, ya no servirían.
Mis hijos eligieron dos o tres juguetes cada uno para llevar en su mochila. Todo lo demás se quedó atrás, esperando nuestro retorno.

Perdimos ese hogar donde soñábamos envejecer, donde Julián, Sebastián y Oliver aprendieron a gatear y a caminar; un hogar que hicimos nuestro con fotos, cuadros, colores y también rayones.
Esas pérdidas son materiales y, en algún punto, dejan de tener tanto peso cuando te enfrentas a retos más grandes, cuando las comparas con las pérdidas emocionales, donde el dolor es inimaginable.
En 2017 dejé mi país, México, para cumplir un sueño en Alemania. Iba a estudiar mi maestría y, al terminarla, el destino jugó sus cartas: me enamoré, me casé y nunca regresé a mi país. Ya una vez en mi vida dejé todo atrás. Lo perdí. Pero fue una elección. Dolorosa, sí, pero elegida.
Esta vez no tuvimos opción. De un segundo a otro tuvimos que dejarlo todo, porque simplemente no había manera de regresar a ello. Y aunque mexicana siempre seré, Alemania ya era mi casa. Ocho años viví en ese bello país, aprendiendo su idioma, su cultura, criando a mis hijos en un hogar bicultural que respetaba ambas tradiciones, un hogar donde se desayunaba Butterbrezel y se comían tacos. Y así como llegó, se acabó.
Después del accidente y durante los siguientes 40 días vivimos en el hospital, siempre al borde de la incertidumbre. La vida de Oliver no estaba asegurada, a pesar de ya haber sobrevivido a tanto. Como ahora dicen los médicos, un simple estornudo pudo haberlo matado. Cuando llegó el momento en que nos dijeron: “ya pueden llevárselo a casa, vamos a darlo de alta”, nos volteamos a ver y dijimos:
¿A cuál casa?
La nuestra está a diez mil kilómetros de distancia.
Mis padres, con todo su amor, nos abrieron las puertas de la suya. Adaptaron lo necesario para recibirnos: a una familia quebrada por el dolor, con un bebé altamente discapacitado, unos papás temblando de miedo y unos niños que no entendían qué estaba pasando. Aunque fue un acto de amor inmenso, sabíamos que no podía ser para siempre.
Nuestros amigos quedaron atrás. Dicen que las amistades verdaderas sobreviven a la distancia, pero es difícil mantener contacto cuando vivimos en modo supervivencia, cuando cada familia atraviesa su propia realidad y el día a día se vuelve demasiado pesado, cuando ya no se pueden hacer planes para cenar o simplemente reunirnos.
Los gemelos perdieron sus nuevas amistades, sus experiencias en el kínder, la oportunidad de aprender un idioma de forma natural. Perdieron lo que para ellos era su lugar seguro. Perdieron la oportunidad de enseñarle a Oliver a hacer travesuras, de defenderlo de los bullies que quizá algún día lo habrían molestado. Perdieron a su tercer mosquetero, porque sigue aquí, pero ya no puede ser parte de lo que para ellos es la vida diaria.

Yo puedo seguir con mi papel de mamá al cuidar a Oli, pero ellos no pueden continuar con su papel de hermanos al jugar con él o enseñarle a jugar fútbol. Los momentos que ahora comparten, que siguen siendo preciosos, son muy diferentes y escasos: ver un poco de televisión juntos, salir a pasear y jugar a quién ve más perritos en la calle, preguntarle a Oli de qué color deberían hacer su torre de LEGO —azul o rojo— y dejar que él decida.
Créanme, esos momentos son mágicos y me llenan de orgullo, pero sé que para ellos la pérdida de su hermano, a quien vieron nacer e integrarse a esta familia, ha sido profundamente dolorosa.
Oliver perdió la oportunidad de ir al kínder, de tener amigos de su edad. Hoy, sus mejores amigos son sus enfermeros. Son increíbles y adoran a Oli, pero no pueden ofrecerle la experiencia de aprender y compartir con otros niños pequeños como él.
Ojo: el pensamiento positivo me invita a creer que el trabajo que hacemos día a día llevará a Oliver a vivir mil y una experiencias, que los límites no existen para él. Pero como mamá, saber lo que pudo ser duele.
Perdimos lo que fue.
Y perdimos lo que pudo ser.
Perdimos también la posibilidad de tomar decisiones que no estuvieran basadas en lo económico. Antes del accidente, Stefan trabajaba y yo me quedaba en casa cuidando a los niños. Vivíamos con un solo ingreso, pero de manera cómoda y sin grandes limitaciones. Podíamos ir al supermercado cuando lo necesitábamos, pasar fines de semana en parques de diversión, visitar a mi familia en México. Nunca nos faltó nada, aunque tampoco nos sobraba.
Llegó el momento en que salvar la vida de nuestro hijo dependía de si podíamos pagar sus cuidados y sus cirugías. Perder la independencia financiera fue muy duro: sin empleos, con los ahorros en cero.
Y fue ahí cuando también perdimos otra cosa: la pena de pedir ayuda.
Quiero pensar que esto es algo que cualquier papá haría por sus hijos: intentar hasta lo imposible por ayudarlos. Si eso significaba hacer nuestra historia pública y pedir ayuda, entonces así sería. Y fuimos escuchados. Y fuimos sostenidos. Y seguimos siendo sostenidos.
Tal vez suene egoísta. Tal vez parezca que pido demasiado. Mi hijo sobrevivió a algo que casi nadie sobrevive. El milagro ya ocurrió.
Entonces, ¿por qué enfocarse en el pasado que se fue o en el futuro que no será, cuando se tiene un presente?
Lago di Garda, Italia, 2024.
Disneyland, California. 2024
Paris, Francia, 2025.
Porque hablar de pérdidas es un lujo. Si perdemos algo es porque alguna vez lo tuvimos. No extrañamos lo que nunca fue nuestro. Extraño mi casa porque la tuve. Hoy tengo otra: diferente, no mejor ni peor, solo distinta. Y toma tiempo para que todo encuentre su lugar en nuestra cabeza.
He perdido la oportunidad de ser la madre que quería ser. O la que estaba intentando ser. La que cocinaba galletas con sus tres hijos, aunque nos tomara tres horas amasar, otras tres formar figuras, tres más decorarlas y luego pasar horas limpiando la cocina. Esa mamá divertida, a la que mis hijos buscaban para jugar.
Hoy me dicen: “mami, siempre estás cansada u ocupada”.
Y duele.
Esa pérdida de mí misma duele. Quisiera partirme en pedazos y darme a ellos en partes iguales, pero la realidad es que en esta casa hay un niño que necesita un poco más que los demás. Y aunque nuestros esfuerzos como papás y la red de apoyo tan grande que tenemos han sido ángeles en el camino, al final del día quedamos cortos.
Hay que hablar de las pérdidas.
Hay que llorarlas.
Vivir el duelo.
Agradecer por haberlas tenido.
Confiar en que lo que viene puede ser incluso mejor que lo que fue.
Y, sobre todo, mirar qué queda después de la pérdida.
Queda mi esposo, que lucha contra la marea por ser el mejor padre mientras también está roto por dentro.
Quedan mis gemelos, que aunque ilesos físicamente, extrañan y sufren los cambios a los que fueron obligados.
Queda mi Oliver, con una discapacidad enorme, quizá una de las más duras, porque lo hace 100% dependiente de ayuda externa para vivir.
Quedan mis padres, mi familia, mis amigos de siempre y los nuevos.
Queda una comunidad local y global que nos arropa y nos recuerda que no estamos solos.
Quedan la esperanza y el amor: un amor más grande que el dolor y una esperanza más grande que el pesimismo de la situación.
Confío en mi hijo. Lo llevé en mi vientre y desde el primer momento su camino ha sido difícil. Pasé los primeros tres meses en cama, en reposo absoluto por amenaza de aborto; desde entonces Oliver ha sido un luchador. Al nacer y llegar a esta familia, tuvo que encontrar su lugar entre hermanos gemelos con una relación ya solidificada. Buscó dónde encajar. Y lo logró. Se volvió la calma de nuestras tormentas, el equilibrio perfecto.
Si Julián y Sebastián peleaban por el control de la televisión, Oliver corría, se lo arrancaba a quien lo tuviera y lo lanzaba por las escaleras. Quería evitar el conflicto.
Si peleaban por quién se comería la última cereza del pastel, Oliver se la comía… y el conflicto se acababa.
Así era Oliver.
Así sigue siendo.

A su manera, nos sigue acomodando a todos, buscando su propio lugar en esta nueva realidad.
Pero las pérdidas duelen.
Y duelen porque se perdió algo que se tuvo.
















Añadiría que a veces ni siquiera nos damos cuenta de lo que tenemos, justo hasta que lo perdemos. Son una familia muy especial. Los abrazo.
Te abrigo fuerte! Sois unos fuera de serie! ❤️
Un abrazo de mamá a mamá. Gracias por compartir tu sentir y deseo de corazón que las cosas vayan acomodándose y tomando el mejor rumbo posible para ustedes. Un abrazo y mis oraciones.