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Los Guardianes de la vida

30 ago
8 min de lectura

Todos los niños, cuando nacen, reciben un angelito de la guarda. Para los bebés, hasta ese día, su refugio había sido el vientre de mamá, ese lugar que funciona al ritmo del corazón de la persona que más los ama. Cuando se corta el cordón, esa conexión no desaparece, se vuelve simbólica. Y entonces ese angelito, que ya estaba esperando el primer llanto del bebé, entra en acción.



Desde ese día, las mamás caminamos por la vida con un segundo corazón latiendo fuera de nuestro cuerpo, confiando en que su angelito pueda protegerlo durante los instantes en los que parpadeamos, en esos milisegundos en los que nuestros ojos dejan de tener bajo vigilancia directa a ese bebé que construimos desde cero.


Pero mamá no camina sola. Porque aunque ese bebé haya crecido dentro de su cuerpo, desde el instante en que llega al mundo también hay un papá que lo recibe con una fuerza difícil de explicar. Un papá que no lo llevó nueve meses dentro del vientre, pero que desde el primer segundo empieza a llevarlo entero dentro de sí. Papá se convierte en otra extensión del amor de mamá, otro par de brazos, otra voz que calma, otro cuerpo que se interpone entre ese niño y cualquier peligro.


Al principio, el trabajo de los angelitos parece relativamente sencillo. Calmar el llanto de un bebé hambriento o con frío porque ya no está protegido por el vientre. Su angelito intenta consolarlo y susurrarle al oído que la comida ya viene y que mamá solamente está intentando bañarse por primera vez esa semana, muy rápido, mientras probablemente papá está afuera de la puerta cargándolo y caminando de un lado al otro.

Pero el bebé crece y entonces empiezan las cosas extrañas: manzana, plátano, pollo. Y seguramente el bebé piensa: “¿Qué clase de comida se llama pollo con zanahoria? ¿Dónde está mi leche?”. El angelito está ahí, cuidando que no se atragante y que su deglución funcione bien. Después viene el gateo y, con él, la maravillosa obsesión del bebé por meterse cualquier cosa en la boca. Llegan los golpes, las esquinas, los muebles y luego deciden hacer algo todavía más absurdo: caminar en vertical utilizando únicamente dos pies.



Para el angelito empieza entonces una etapa complicada. Tiene que mantener a salvo a un niño que quiere correr como si estuviera compitiendo en Fórmula 1 con un auto profesional, pero que todavía tiene los reflejos y la capacidad de frenado de un camión de basura gigante. Llegan los golpes, los machucones y, si además existen hermanos mayores, llega ese momento en el que deciden utilizar al bebé pequeño como portero de su equipo. Recibe tantos balonazos que uno empieza a sospechar que el objetivo nunca fue la portería.


A esas alturas, el angelito seguramente está al borde del colapso, preguntándose qué nueva habilidad querrá poner a prueba ese niño mañana y qué nuevos obstáculos tendrá que sortear para mantenerlo a salvo. Y mamá y papá también aprenden poco a poco algo muy difícil: a soltar, a mirar desde un paso más atrás, a confiar. Porque llega el día en que ese bebé ya no quiere tomar nuestra mano para caminar. Quiere hacerlo solo. Todo quiere hacerlo solo porque está convencido de que ya es suficientemente grande. Y ahí va, nuestro pequeño corazón caminando fuera de nuestro cuerpo.



Hasta que un día el destino pone un accidente automovilístico en el camino de esa familia. Bajo la supervisión de ambos padres, con todos los cuidados y todas las precauciones, un camión de valores impacta el automóvil de la familia. Dentro viajan tres niños en sus asientos infantiles, esos asientos en los que los padres depositamos nuestra confianza pensando que protegerán la vida de nuestros hijos, aunque en realidad quisiéramos envolverlos en una enorme burbuja en la que absolutamente nada pudiera tocarlos ni lastimarlos.



La mamá pierde la conciencia y, por primera vez, no puede actuar. No puede correr hacia sus tres pequeños. Pero papá permanece consciente. Y en ese instante deja de existir cualquier otra cosa en el mundo. No hay miedo ni dolor propios. Hay un padre que, en medio del caos, tiene que convertirse en fuerza cuando todo alrededor se está derrumbando.


Los angelitos de la guarda de los tres niños se quedan a cargo. Los dos mayores están bien. Sus angelitos, quizá ya con un poquito más de experiencia, consiguieron protegerlos y, con apenas algunos rasguños, sobreviven a algo que parecía imposible sobrevivir. Pero el tercer niño, el más pequeño, de apenas un año y diez meses, el que todavía pronuncia pocas palabras y camina chistoso, no corre con la misma suerte.


Ese niño estaba dormido. Su cuerpo no alcanzó a entrar en alerta, no tuvo oportunidad de prepararse para el impacto utilizando ese instinto de supervivencia que todos llevamos dentro. El angelito ve cómo el bebé pasa del sueño a la inconsciencia. Algo se ha roto dentro de él y sus pulmones y demás órganos ya no reciben el aire que necesitan.


Y entonces, cuando quizá incluso su angelito ya no sabe qué más hacer, aparece el otro Creador. Una fuerza mayor. Podemos llamarla Dios o podemos llamarla como cada persona que lea estas palabras quiera llamarla. Esa fuerza hizo que papá siguiera consciente, que pudiera reaccionar, llegar hasta su hijo y tomar ese pequeño cuerpo entre sus brazos.

Y ahí papá deja de ser únicamente papá. Se convierte en voz, en desesperación convertida en acción. Lo carga con una delicadeza casi imposible en medio del caos, como solamente alguien que entiende que está sosteniendo su propio corazón puede hacerlo. Grita pidiendo ayuda. No acepta que ese sea el final.


Y mientras papá peleaba en la tierra, su angelito peleaba en otro lugar. Ese angelito seguía sin rendirse, dándole el mínimo oxígeno que necesitaba para seguir ahí, porque nadie parecía darse cuenta de algo muy importante: ese bebé todavía estaba vivo, todavía quería luchar, todavía tenía ganas de quedarse, todavía tenía demasiados planes y su papá tampoco tenía ninguna intención de dejarlo ir.




Así que entre los dos hicieron ruido. Papá con su voz y el angelito con la suya. Uno pidiendo ayuda aquí y el otro buscándola allá arriba, hasta que llegaron las personas correctas, hasta que alguien con la sensibilidad suficiente y absolutamente ninguna intención de dejar morir a un niño entró en acción e hizo lo único que podía hacer y, al mismo tiempo, lo más importante: intentar que el corazón de ese bebé siguiera latiendo, presionando su pequeño pecho para que la sangre continuara llevando oxígeno hasta su cerebro y el resto de su cuerpo.


Esta historia podría continuar durante horas, porque aquel angelito ha seguido cuidando a ese niño cada segundo de la batalla por vivir que comenzó aquel día. Ha estado ahí durante paros cardíacos, cirugías y noches interminables.


Pero después del accidente, a ese angelito también le tocó un ascenso que nunca había pedido. Porque hasta entonces su trabajo había sido cuidar a un niño que gateaba demasiado rápido o que se metía cosas extrañas en la boca. Pero, de pronto, las reglas cambiaron. Ahora tenía que cuidar a un niño que dependía de una máquina para respirar, un niño para quien una alarma podía significar mucho más que un simple sonido, un niño cuyo cuerpo necesitaba cuidados que antes ni siquiera formaban parte del vocabulario de esa familia.


Así que aquel angelito tuvo que aprender otra vez. Tuvo que especializarse. Tuvo que convertirse en el angelito de la guarda de un niño con necesidades especiales y asumió esa responsabilidad con una valentía que solamente Dios, en aquellas clases de la escuela de angelitos de la guarda, pudo haberle enseñado.



Ahora está ahí cuando el ventilador se desconecta y durante unos segundos todo parece detenerse alrededor de ese pequeño pecho. Está ahí cuando el niño siente miedo, cuando algo no está bien y el médico tarda demasiado en llegar. Está ahí cuando llega el momento de entrar a un quirófano, cuando las puertas se cierran y existe un punto a partir del cual mamá y papá ya no pueden acompañarlo.


Ese quizá sea uno de los momentos más crueles para unos padres: entregar a su hijo, verlo alejarse por un pasillo y saber que, por mucho que quieran protegerlo, esta vez no pueden ir con él.

Pero su angelito sí puede.

Y entonces imagino que camina junto a su cama, que entra con él al quirófano, que se queda a su lado, que acaricia su cabeza y sus cabellos de oro y le susurra al oído: “Todo está bien. Mami y papi están afuera. Te están esperando. Tú y yo podemos con esto”. Y cuando llega la anestesia y el niño cierra los ojos, su angelito no los cierra. Se queda vigilando.


Porque ese trabajo que comenzó protegiendo las rodillas de un niño que aprendía a caminar terminó convirtiéndose en algo mucho más grande. Ahora cuida respiraciones, latidos, sueños y miedos. Cuida a un pequeño que ha tenido que aprender demasiado pronto lo que significa ser valiente.



Quizá aquel angelito tampoco sabía, el día en que recibió a ese bebé con su primer llanto, todo lo que algún día se le pediría. O tal vez siempre lo supo. Pero nunca renunció, nunca pidió otro niño, nunca dijo que aquella responsabilidad era demasiado grande. Simplemente creció junto con él, aprendió junto con él y se hizo más fuerte junto con él. Porque algunos angelitos reciben la misión de cuidar a un niño mientras descubre el mundo y a otros, en algún momento, les toca además ayudarlo a luchar por permanecer en él.


Mamá despertó. Mamá volvió a ocupar su lugar como proveedora de amor y cuidados. Y cuando volvió, papá seguía ahí. Firme, agotado, aterrorizado muchas veces, pero ahí. Nunca como espectador.

Papá ha sido una extensión de mamá y mamá una extensión de papá. Cuando uno no podía, el otro podía. Cuando uno se rompía, el otro sostenía. Y cuando los dos sentían miedo al mismo tiempo, simplemente se quedaban. Porque a veces ser fuerte no significa no tener miedo. Significa no irse.


Mientras tanto, los otros dos niños siguen poniendo a prueba la paciencia de sus propios angelitos. Ahora quieren ser futbolistas, también quieren andar en bicicleta sin rueditas, y probablemente sus angelitos terminan cada día agotados, preguntándose en qué momento exactamente aceptaron este trabajo.


Y el pequeño sigue aquí. Creciendo, riéndose, hablando, aprendiendo, viviendo, desafiando pronósticos y manteniendo ocupadísimo a ese angelito que un día prometió acompañarlo desde su primer llanto.


Quizá nunca sepamos exactamente cuántos angelitos nos acompañan. Quizá algunos tengan alas. Quizá otros estén hechos de algo que no podemos ver. Y quizá algunos no tengan alas en absoluto.


A veces los angelitos son miembros de la familia que terminan ocupando lugares que jamás imaginaron. Personas que cambian planes, rutinas y partes de su propia vida para acompañar, cuidar, sostener y estar. Personas a las que también les tocó aprender sobre la marcha y asumir responsabilidades simplemente porque aman demasiado como para mirar hacia otro lado.


A veces los angelitos llevan bata, uniforme o una credencial colgada al cuello. Son médicos, terapeutas, enfermeros y cuidadores que se tomaron su trabajo mucho más en serio de lo que exigía cualquier descripción de puesto. Personas que, en algún momento, dejaron de ver solamente a un paciente y empezaron a ver a un niño. A un pequeño con gustos, miedos, ocurrencias, sonrisas, berrinches y una historia propia. Algunos incluso dejaron de sentir que únicamente tenían una responsabilidad profesional y comenzaron a sentir algo parecido a la protección que uno siente por un pequeño amigo. Se preocuparon cuando algo no iba bien, celebraron avances que quizá para otros parecían diminutos y estuvieron ahí no solamente porque les correspondía, sino porque verdaderamente les importaba.


A veces los angelitos son completos extraños. Alguien que sonríe en la calle, alguien que abre una puerta, que ofrece ayuda, que mira sin juzgar o que simplemente trata a ese niño como lo que es: un niño.

Y a veces los angelitos están al otro lado de una pantalla. Personas que quizá nunca conoceremos personalmente, que viven a miles de kilómetros, hablan otro idioma y tienen una vida completamente distinta a la nuestra, pero que decidieron acompañarnos de alguna manera.



Personas que creen en ese pequeño incluso sin haber podido abrazarlo nunca y que confían, junto con nosotros, en que esta historia todavía tiene mucho por escribir.

Quizá incluso algunos de ellos creen que todo lo vivido puede convertirse algún día en algo más grande que nuestro propio dolor.


Que alguien, en el momento más oscuro de su vida, pueda encontrarse con este pequeño, verlo seguir aquí, riéndose, hablando, aprendiendo y luchando, y pensar por un instante: “Tal vez nosotros también podamos”.


Tal vez los angelitos de la guarda nunca fueron solamente aquellos que imaginábamos con alas. Pero de algo estoz segura, los angelitos en cualquiera de sus formas son los guardianes de la vida.

 
 
 

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