¿Por qué a nosotros?
- Laura

- 12 jul
- 5 min de lectura
¿Que si estoy enojada con el destino por lo que nos pasó?
¿Que si culpo a Dios por haber permitido aquel accidente?
¿Que si me siento culpable por haber salido ese día?
¿Que si creo que es profundamente injusto que mi niño no pueda moverse?
Claro que sí.
Más veces de las que podría contar.
Esos pensamientos me han robado más noches de las que me enorgullece admitir. Los primeros días después del diagnóstico fueron un continuo «¿por qué?, ¿por qué?». Esas palabras salían de mí a gritos, abriéndome el pecho como el filo de un cuchillo ardiendo.
Cuántas veces me golpeé la frente con las manos, tratando de despertar de aquella pesadilla. Cuántos días desafié a ese Dios que, hasta entonces, había sentido presente y firme en mi vida, pero que, después de ver a mi hijo al borde de la muerte y a mis gemelos lejos y asustados, dejó de sentirse claro y real.
Le pedía pruebas de su existencia. Incluso me burlaba de mí misma mientras oraba, porque me parecía evidente que nadie estaba escuchando.
Y, todavía hoy, sigo intentando entender en qué creo y hacia dónde va mi fe. La mayor parte del tiempo no encuentro respuestas. Simplemente intento regresar al presente, donde sí puedo, y siempre puedo, estirar los brazos y tocar a mis tres hijos y a mi esposo.
A este presente en el que Oliver me llama «mamá» y Julián y Basti gritan porque tienen muchísima hambre después de jugar fútbol.
Todos pudimos habernos ido. Pude haberlo perdido todo.
Y, sin embargo, aquí estamos.
El enojo llega cada vez con menos frecuencia. Encontré un para qué que, aunque duela, me permite despertar a una realidad en la que tengo todo lo que un día soñé.
No de la manera perfecta, claro. Pero ¿qué en la vida es perfecto? Incluso antes del accidente, nada lo era.
Yo siempre quise tener hijos. Quería cuatro. Después de que nació Oliver, entendí que él había completado nuestra familia. Quería dedicar mi vida a cuidar de ellos, de mis tres mosqueteros, y hacerme viejita junto a mi esposo.
Y esa sigue siendo mi vida. Con algunos ajustes, claro.
Paso mis días cuidando de mis hijos, que me llenan de orgullo. Son maravillosos, curiosos, fuertes y valientes. A los tres los regaño por igual. A los tres los lleno de besos hasta enfadarlos.
Para mí, la única diferencia es que uno tiene necesidades urgentes que atender, mientras que los otros dos pueden resolver algunas cosas básicas por sí solos.
Pero los tres siguen necesitando a mamá.
Una parte fundamental de la educación que quiero darles es que jamás sientan que Oliver es más importante o que siempre tiene prioridad. Oliver no es prioridad. Es urgente. La diferencia entre una emergencia y una urgencia se ha convertido en el pan de cada día en nuestra casa.

Y qué difícil es vivir con ese nivel de estrés.
Pero mis hijos no tienen que pagar ningún precio por esta historia.
Mi esposo es el alma más noble que conozco. Está completamente entregado a la familia con la que siempre soñó y por la que se levanta cada mañana.
La tranquilidad que siento cuando él toma el control, la posibilidad de dormir profundamente porque sé que es su turno de cuidar y que no tengo que preocuparme por nada, es una de las bendiciones más grandes que tengo.
No sentirme sola en esta tarea llamada paternidad no tiene precio.
¿Cuál es el deseo más grande de una madre para sus hijos?
Si me lo preguntan a mí, diría que la felicidad.
¿Que si creo que un niño con cuadriplejia puede ser feliz?
No lo creo. Estoy segura.
Lo veo todos los días. Tengo la prueba frente a mis ojos.
Muchas personas me dicen: «Espera a que crezca y se dé cuenta de todo lo que no puede hacer». Oigan, ya tiene tres años.
Ya se da cuenta. No es tonto. Ve perfectamente que él no camina, que se desplaza en su silla mientras otros niños corren.
La diferencia es que él no lo vive como un impedimento. Lo vive de la misma manera en que yo veo que hay personas con el pelo rubio y otras con el pelo oscuro.
Como una diferencia. No como algo que lo hace menos.
Sí, algún día la maldad humana y los límites que impone la realidad pueden golpearlo. Es muy posible. De hecho, ya hay personas que murmuran cuando lo ven. Hay quienes lo señalan.
Y ha sido mi trabajo decirle que lo miran porque es muy guapo.
No hay nada que él no pueda alcanzar si se lo propone. La tecnología, la medicina, la ciencia, los avances y, sobre todo, el amor estarán de su lado. Por eso seguimos moviendo montañas por él y por sus hermanos.
Con todo eso podrá enfrentarlo todo.
No romantizo la situación, señores. No hay nada menos romántico que la cuadriplejia.
Pero tampoco es el fin del mundo, porque la movilidad, por sí sola, no da la felicidad.
¿Que si creo que mis gemelos alcanzarán sus metas incluso después de haber vivido un trauma tan grande?
Ya los veo haciéndolo.
Los veo construyendo una comunidad preciosa, descubriendo sus talentos y encontrando sus pasiones. Son niños llenos de empatía. Saben que no todo es color de rosa, pero también han aprendido que, incluso en medio de la dificultad, siempre puede encontrarse amor. Tienen al abuelo más cariñoso del mundo, que los ha cuidado como si fueran sus propios hijos. Tienen personas maravillosas en sus vidas.
Su red de amor es inmensa.
Y esa es la experiencia que deseo que conserve cualquier niño: saber que nunca está solo y que siempre es profundamente amado.
¿Que si creo que un matrimonio puede sobrevivir a una carga emocional como la nuestra?
No ha sido fácil. Pero aquí seguimos.
Y nos moriremos en el intento.
Porque, si algo tenemos en común, es el amor que sentimos el uno por el otro y por la familia que elegimos formar.
No nos casamos para vivir únicamente los días buenos. No elegimos el matrimonio porque fuera el camino más sencillo. Oigan, ni siquiera hablamos el mismo idioma, pero elegimos caminar juntos por esta vida. Y seguimos eligiéndonos todos los días.
Es entonces cuando encuentro mi fe.
Aquello en lo que creo.
Dios. Amor.
¿No son, al final, sinónimos?
Creer en Dios no significa que no viviremos momentos difíciles. Lamentablemente, no nos salva de ellos. Creer en Dios significa que no tendremos que atravesarlos solos.
Cada día en el hospital, cada lágrima, cada momento de desesperación… siempre ha habido algo o alguien que no nos ha dejado caer.
Esa fuerza que la gente dice ver en nosotros no es otra cosa que el amor convertido en acciones.
Nunca fue una decisión consciente.
Para nosotros estuvo claro desde el principio que, si existía una sola oportunidad, jamás íbamos a dejar de intentarlo. Y eso es justamente lo que queremos enseñarles a nuestros hijos: que el amor no conoce condiciones ni límites.
Mucho menos el amor de unos padres por sus hijos.
Yo soñé con tenerlos.
¿Por qué habría de dejar de luchar por ellos? Eso sería ilógico.
Así que no. No es fuerza.
Es amor.
¿Por qué nos pasó esto a nosotros?
No lo sé.
Tal vez esa pregunta me la guarde para el día en que tenga frente a mí a quien pueda responderla.
¿Para qué nos pasó?
Tal vez para aprender a ser felices hoy con lo que somos.
Con el milagro de estar vivos.
Con el milagro de seguir aquí. Juntos.
















Qué bonito fue leerlos, desde que supe el caso de Oliver , he tratado de ver sus avances.
Son una familia increíble, y lo están haciendo estupendamente bien, como bien lo escribes Dios en cada camino está con ustedes, y los ara cumplir los propósitos que tiene para ustedes.
Yo tengo una nena con una enfermedad ultra rara diagnosticada hace apenas un año y medio, y es tan cierto lo que dices, como uno lucha por cada oportunidad aún mínima que parezca , es tanto el amor por ellos por alcanzar su máximo potencial y es increíblemente lo que hacemos por nuestros hijos .
Un abrazo, y un beso a Oliver , tiene los ojitos más lindos que conozco, los…